domingo, 30 de noviembre de 2025

Mañana a las 21:00 hace exactamente 34 años que llegué

Mañana a las 21:00 hace exactamente 34 años que salí de la barriga de mamá. Nací un día 1 del mes 12 del año 1991 a las 21. 1991 es el único año capicúa del siglo XX. El 1 del 12 a las 21. Todo es una señal si estás lo bastante loca. ¿A quién no le gusta sentir que el universo piensa en ti de alguna manera? 

Mi madre dilató tan rápido y yo tenía tantas ganas de llegar que casi saco la cabeza mientras se daba una ducha en el hospital, antes del parto. Nací rápido, sin mucho esfuerzo, deslizándome cómodamente por el coño dilatado de mi madre, como atravesando un túnel hacia el mundo. Es curioso que la muerte también la vivamos como un túnel hacia alguna parte. Mi madre siempre me dice que nací con los ojos abiertos, que eso es raro. Ahora que me conozco más me gusta pensar que fue una señal de que yo iba a ser rara, despierta, curiosa, TDAH, altas capacidades en inteligencia social y lingüística, molestosa, traviesa, culo inquieto, sabelotodo, irreverente, r e b e l d e. No era capaz de mantenerme quieta en carritos ni capazos ni camas. Mi madre dice que no dije una palabra en los primeros dos años porque me las estaba aprendiendo todas antes de hablar. Cuando empecé, bueno, ya saben. No me callo desde ahí. Con menos de cinco años ya usaba palabras como "estructura" o "amorfa". Comunicar siempre fue mi don y lo sigue siendo. Aprendí a leer prácticamente sola. Adoraba leer. Hace mucho que no lo hago.


Mañana a las 21:00 hace exactamente 34 años que salí del coño de mi madre. Y este mes hace cuatro años que mis diciembres no son lo que eran. A mí siempre me encantó mi cumple. Me gustó incluso cuando la familia de mi madre y mi padre dejaron de hablarse y tenía que celebrar un cumpleaños con cada familia, aunque sabía que algo iba mal y no entendiera el qué y echara de menos celebrarlo con una familia sola y no con dos. Pero siempre me gustó ser sagitario y protagonista. Y me sigue gustando. El problema es que estos últimos años me cuesta ver las cosas que me gustan en lugar de las que no.


Estos cuatro años pasé por diferentes duelos. Amorosos, amistosos, familiares, vitales. Algunos ya están transitados, otros están en tránsito, otros llegarán. La vida adulta es un duelo. Primero, por la juventud. Me costó entender que la vida ya no sería lo que fue. Que ya no tengo 20 años y muchas ilusiones y cero consecuencias ni responsabilidades. Que ya no me voy a ir de casa con una mochila de acampada como único equipaje y sin destino ni plan fijo para volver casi cuatro años después, habiendo sido saissonier y okupa y activista y nómada y encendedora de hogueras y cortadora de marihuana y buscadora de verdades y amante y drogadicta y mala gente y buena gente y recicladora de comida en contenedores y mercados y ladrona de electricidad en McDonald's y de quesos buenos en el súper y música de calle y camella y sobrevividora de una picada de alacrán y montón de personajes más. Ya esa película pasó y me alegra mucho pensar que la pude vivir, y que además la pude vivir con todo. Pero hay un duelo en tránsito sobre esa Wanda aventurera y exploradora y negacionista de la rutina. La echo de menos y tengo muchas ganas de volver a verla disfrutar y emocionarse por las cosas nuevas y la vida misma.


Mañana a las 21:00 hace exactamente 34 años que no me llevo bien con la rutina. No lograba sentirme viva en ella. Esto es puro sagitario con TDAH. Aun así ya llevo tiempo trabajando el disfrutar de lo cercano. En desear lo que ya tengo, no solo lo que no. Llevo tiempo poniendo valor en las pequeñas cosas. Dar un paseo con mi perra - ella me saca a mí -. Ver a las amigas. Ir a la playa - bendita playa -. Abrir un aguacate y que esté p e r f e c t o. Escuchar un discaso una y otra vez. Sentir que conecto mucho con lo que siente una piba negra estadounidense que no tiene nada que ver conmigo ni mi contexto y sin embargo entiende la ansiedad igual que la entiendo yo. 


Sentir. En general. Y a mares.


Mañana a las 21:00 hace exactamente 34 años que atravesé un portal a otra dimensión. La dimensión del tiempo, el espacio y las emociones. Un amigo me llama Wanda Sentimientos y es de mis apodos favoritos. Aprendí a sentir de la manera más disfuncional que puedan imaginar dentro de mi contexto socioeconómico, que no era malo ni tampoco increíble. Mi empatía, que es mucha, es fruto de una hipervigilancia infantil desarrollada como método de supervivencia a un entorno imprevisible, inseguro y hostil. Yo necesité sentirlo todo, entenderlo todo, analizarlo todo. El problema era que cuando eres niña no lo puedes entender realmente. Entonces todo se mezcla y aprendes que el amor también puede llegar a ser un lugar odioso. La cuestión es que yo siento mucho. Muchísimo. Siento lo mío y lo del resto. Por eso adoro que mi cerebro sepa disociar. Disociar es la válvula de escape de mi ansiedad. Disociar es mi método de supervivencia. No puedo sentirlo todo a la vez en todas partes. Y aún así a veces la vida así es.


Mañana a las 21:00 hace exactamente 34 años que me pregunto quéhagoaquí. Cuál es mi propósito. Mi misión, mi sino, mi lore divino. En qué creo y en qué no. Y en lo que más creo es en el cambio. El cambio es la única constante. La vida es una paradoja y yo llevo cuatro años, quizá más, luchando por querer seguir aquí. Hace cuatro años que todo pesa el doble. Cuatro años que lloro mientras como un par de veces al mes. Cuatro años que me di cuenta que o nadaba o me hundía. Que mantenerse a flote ya no era suficiente. Cuatro años de sentirme deprimida, precaria y estancada - aunque no lo esté - y consciente y responsable y aburrida y alienada y frustrada. Pero también cuatro años de sentirme orgullosa de no haber dejado la carrera y mi futura estabilidad económica para irme a cualquier sitio a buscar algo que solo está dentro de mí. Cuatro años de aguantar, sobreponerme, superarme, mejorar, trabajar y estudiar, tener novias, dejarlas, tener amigas, pelearnos y arreglarnos, tener hermano mayor, no tenerlo, tener miedos y dudas y desastres y adicciones y tristezas infinitas. Y aquí estoy. Cuatro años después quiero demostrarme a mí misma que sí puedo atravesarlo todo. Que sí puedo superarlo todo. Que lo voy a superar. Siempre y cuando acepte que el dolor es parte del camino.


Mañana a las 21:00 hace exactamente 34 años que llegué a este mundo para amar la vida y ser amada por ella. Aunque en estos cuatro años y muchas otras veces anteriores solo quise desaparecer. Aunque aún lo quiera.


Mañana me voy a regalar ir al gym, comer sola en algún sitio bonito y estar bien con no estar bien. 

domingo, 16 de noviembre de 2025

Poesías sobre el abismo XIII - Trauma

En el aro escarlata y brillante del tiempo
Es solo un momento, es solo un momento

Mi trauma es un nudo
Una cadena, una piedra, una vergüenza que lentamente va haciendo daño a mi corazón
Mi estómago se expande y se contrae con cada emoción y el trauma aprovecha para ocupar espacio en la distracción porque necesita dejar de ser invisible
Yo quiero reconciliarme y reconocerlo 
Luchar contra él se siente como intentar ahogar mi reflejo en el agua

Mi trauma vive aterrado por

El miedo a que algo se rompa 
El miedo a que me hagan daño
El miedo a no darme cuenta
El miedo a la autolesión
El miedo a que me abandonen
El miedo a que no me quieran
El miedo a quedarme loca
El miedo del miedo al miedo
El miedo a mostrar el miedo
Y que la gente huya de mí

Mi trauma vive aterrado

Yo le hago manzanilla y le canto suave y le doy abrazos y lo llevo a terapia y le doy cariño y lo llevo a la playa y al campo y a cenar con las amigas que ya son familia y lo saco de fiesta y le hago bailar y a veces le hago estar donde no quiere estar para que vea que no hay mucho que temer

Pero qué pasa cuando su profecía se cumple? Pasa que pierde el norte y el sur y el universo y me reclama que lo acompañe a buscar la paz que viene a ser la confianza que se perdió en la barriga de mamá allá por milnovecientosnoventayuno

Mi trauma no conoció un lugar seguro

Conoció violencia desajuste droga disociación hipervigilancia silencio separación negación distancia pérdida soledad incomprensión vacío existencial padre ausente drogadicto y maltratador

Mi trauma piensa que no hay lugar seguro

Que todos los lugares que lo son podrían dejar de serlo y que además depende de mí
Que si me esfuerzo lo suficiente quizá esta vez no haya violencia ni juicios ni abandono 
Que el otro depende de mí, que todo depende de mí y que no sé si lo haré bien, porque con trescuatrocincoseis años no supe qué hacer cuando mi madre pidió mi ayuda

Mi trauma está bien jodido y yo me paso la vida ayudándolo para ayudarme, curándolo para curarme, porque mi trauma y yo somos uno por suerte o por desgracia, y mi capacidad de amar empatizar sentir acompañar dar perdonar entender es también en parte cosa suya y él no tiene culpa de su miedo y yo tampoco

Menos mal que
yo no tengo miedo 
aunque mi trauma sí

Who cares in a hundred years from now
All your small steps, all your shitty clouds
Who cares in a hundred years from now
Who'll remember all the players
Who'll remember all the clowns

viernes, 8 de marzo de 2024

Mamá

Mi madre tiene un corazón hecho de algo más valioso que el oro. Tiene la mirada limpia. Habla mucho, trabaja mucho, viaja mucho, vive mucho. Es tan buena como inteligente. Es decir, mucho. No ha nacido aún la persona que, conociéndola, crea que puede vacilarla. Dunia Corleone. Dunia Antúnez. La Matriarca. 

Hija única, conseguidora de todo. En ella no se cumple eso de que los hijos únicos no saben compartir. Vivió rodeada de primos, sobrinos, vecinos que habitaban la casa de mi abuela esperando un plato de croquetas, un caldo papas, un pan con mantequilla. Tuvo un padre que fue un amigo, siempre confidente en sus aventuras, que no fueron pocas ni chiquitas. Mi abuelo fue un hombre muy diferente a los de su época. Siempre comprensivo, nunca prohibitivo, nunca enfadado. De él heredó mi madre la paciencia, la serenidad. También la fuerza de no dejarse abusar. Mi abuelo era justo. Mi madre también lo es. 


Mi abuela era una mujer de carácter. Fue hija de la guerra. La primera de cinco. Nació y creció con miedo, queriendo protegernos siempre de la desgracia que había aprendido de chica a sentir tan cerca. Mi abuela era generosa. Crió y cuidó, cuidó y crió. Madre, hermanos, hija, nietos, sobrinas, primas, vecinas. Todas teníamos sitio en su mesa y en su corazón. 


Mi madre es digna hija de mis abuelos. La serenidad de los Antúnez con el rugido de las Auyanet. Tuvo una juventud loca. Ella no cuenta mucho pero yo reconozco la rebeldía cuando la veo. Es una mujer fuerte, criada por otras mujeres fuertes. Pioneras, divorciadas, trabajadoras, bebedoras de ron, presas canarias. Su número es el tres. Tres maridos. Tres hijos. Uno con el primero. Dos con el segundo que fueron criados con el tercero. Seis años de diferencia entre cada uno que no es más que tres y tres. Yo soy la mediana. Llegué en el seis. Ojalá tuviera también tres vidas para disfrutarlas todas con ella.


Mi madre es preciosa. Tiene los ojos verdes y risueños, la risa contagiosa, la voz fuerte. Es ruidosa y determinante. Un metro y medio de puro encanto personal, como dice ella. Tiene obsesión por los zapatos. Si frunce el ceño y te mira no necesitas que diga más. Tiene valores que atraviesan las diferencias y mucha bondad en el alma. Le da me gusta a todo lo que comparten mis amigas. Nos invita siempre a comer. Nos dejó okuparle la casa durante una década. Quiere a mis amigas porque mis amigas me quieren. Con eso le sobra y le basta.


Nunca me ha dicho que no puedo ser lo que me dé la gana. Nunca ha impedido que vuele. Me ha financiado y apoyado en cuanta locura se me pasara por la cabeza. Todas mis aventuras se las debo a ella. Todos mis buenos recuerdos llevan su firma. Me quiso cuando tenía cresta y cuando le dije que era lesbiana y cuando tuve malos hábitos y peores notas y cuando fui egoísta. Y cuando le dije que no me quería me quiso diez veces más.


Mi madre es un faro en el mar. Es el 112, como dice mi hermano chico, que llegó en el año doce. Es, aunque ella a veces se empeñe en medirse a través de sus errores, lo mejor que me ha pasado en la vida.


Y aunque pase tres días sin llamarla, aunque no me acuerde de sus médicos, aunque a veces me olvide que también siente y necesita que la escuche, quiero que sepas, mamá, que soy quién soy gracias a que me has dejado equivocarme y crecer sin soltarme de la mano.

 

Te quiero.

lunes, 28 de agosto de 2023

Mi duelo

Ayer tropecé con mi duelo y me caí. Lo había dejado detrás de la puerta. Bajo la cama. Sobre el armario. Le puse una sábana encima para no verlo continuamente y sin querer lo convertí en fantasma. Me asusta cuando estoy sola en casa y cuando salgo lo escondo entre cubatas y canciones de reggaeton. Es un buen escondite pero dura poco. En el día a día lo tapo como puedo, con amor propio y de familia y amigas, que para mí es lo mismo. Con libros que diseccionan la monogamia y el amor romántico. Con clichés y gimnasio y proyectos y alegría. Con la vida misma. Con lo inevitable. Pero hoy te ibas y ayer me escribiste y me lo encontré. El dolor estaba ahí, esperando amable, tranquilo, intenso. Queriendo que lo arropara. Queriendo enseñarme algo. Queriendo que lo quisiera. Esto está siendo duro y a la vez increíblemente nutritivo. Te echo de menos. Necesito permitirme echarte de menos. Necesito destapar el duelo igual que a veces necesito esconderlo. Necesito sentir sin juicio ni guión. Me alegró que me escribieras. No podemos estar juntas. Aún así nos queremos. Y eso está bien.

lunes, 11 de abril de 2022

Poesías sobre el abismo XII - Crisis de Fe

Bloqueo
Paro, esquivo, saco
balones fuera.

El sentimiento como animal
salvaje.
La vida como quehacer,
rutina.

El triunfo del sistema.

Situar mi responsabilidad
en una institución quebrada,
funcional,
ficticia.

El triunfo del individualismo,
fue hacernos creer
que ya tenemos treinta
y el idealismo se queda chico,
pequeño, enjuto, rasgado,
puro recuerdo.

Crisis de fe, nihilismo.
Supermercado en vez de contenedor.
Hastío del límite y lo permitido.
Terapia y chute de Diazepam.
Coraje y rabia.
Resignación.

La aceptación 
tiene matices de fracaso,
derrota, 
desilusión.

No quiero ser esta versión de terciopelo.

Quiero el consuelo de la venganza.
Llenar la panza de algarabía,
la noche fría y la mente calma.
Quiero anarquía,
la luz del alba
y una poesía
que rompa el alma
en frases llenas
de compromiso.

Y aunque el relente me tire al piso,
y falte una y otra vez
a mi promesa,
reconstruirme será la empresa.

Creer de nuevo
en la alegría.

martes, 19 de octubre de 2021

Poesías sobre el abismo XI - Raíz


Busco el principio. Mochi, que es mi gata sin ser mía, bebe y come y está completa. Busca mi mano que la acaricia y un lugar suave y confortable donde dormir. No quiere más. Si acaso alguna luz que vaya y venga y la entretenga en el espacio tiempo. Mi gata no se pregunta por qué. Yo sí. Y ahí está el puto quid de la cuestión. Quiénes somos. De dónde venimos. A dónde vamos. Dicen que llevamos dosmilquinientosmillones de años aquí y aun no entendemos una mierda del porqué. Desde luego tenemos nuestras teorías. Por qué coño pensamos. Por qué andamos continuamente descifrando el ayer y esperando el mañana. Viviendo en todas partes menos aquí. Dónde podemos hallar sentido. Yo intento que sea el amor lo que me mueve y sin querer rechazo la emoción que me hace romper el paradigma dominante. Vivo en una mente-cuerpo que se autocensura. Lucho contra el espejo porque miente pero a ratos no puedo evitar sentir que dice la verdad. Vengo del origen del universo y creo tener un momento de lucidez. Todo es mentira y verdad. Quién coño pone la línea donde comienza la zona gris. Todo es vivir o morir. No podemos entender el infinito. Yo soy poeta y no estudiante de ciencias y solo entiendo que vivimos dentro de una pelota que flota. En un universo eterno. En un vaivén inmortal que se repite incansable. Si Dios existe, ¿quién lo creó?, y así sucesivamente. No me interesa saber quién gana si hablamos del huevo y la gallina. No creo que pueda encontrar respuesta si me pregunto el para qué. No existe finalidad. Tampoco existe principio. Y aun así busco una y otro mientras mi gata se maravilla con mi caricia en su frente. Quiero aprender a ser así. Quiero aprender a estar aquí sin preocuparme de porqué. Quiero volver a ser humana en sintonía con lo que sea que tenga que nacer, crecer, reproducirse y morir. No es solo cuestión de meditar o de estudiar el átomo y su vibración. Apagar cada sentido es apagar también lo que me hace reconocer y reaccionar. No se puede diseccionar una sensación. Se que vivo en el deseo y que me pierdo en laberintos que mi ego inventa para después sentirse bien de haberlos superado. Tengo el estómago latiendo en cada cuerda vocal. Espero de verdad que la muerte sea la nada y el todo porque si tuviera que definir la vida en una palabra simple diría que es una fokin paranoia. Un espejismo de hormigón. Algo tan raro como las pipas del girasol o el movimiento de las mareas. Algo tan grande como la dimensión de la ternura en la nariz de un bebé  humano o animal que duerma en mi pecho y respire mi calor. Algo tan bello como la empatía luchando contra el sadismo. Algo que hay que amar y proteger para dejar de cometer el mismo error de hacernos daño una y otra vez hasta partirnos el corazón en cachos tan pequeñitos que ya no se puedan juntar. Te juro que más allá de preguntarme porqué estamos aquí me pregunto porqué somos así. Por qué toda esta pena y este competir. Por qué usar la consciencia para dormir. Por qué la avaricia. La conquista. La diferencia. Por qué se disfruta la violencia y la opresión.

Busco el principio para empezar de cero. Mochi, que es mi gata sin ser mía, bebe y come y no necesita odiar.

¿Por qué tanta gente sí?

lunes, 11 de octubre de 2021

Poesías sobre el abismo X - Casi treinta

Casi treinta.

Los últimos diez
casi callada en la poesía
mientras gritaba en la vida.
 
Me queda todo por aprender.
 
Me conozco mejor
y aun así me descubro
de nuevo en la inseguridad.
 
¿Quién soy
después de todo este tiempo?
 
Sé cosas sobre el amor
y sobre mi propia miseria
-no tanto sobre la ajena-.
 
Casi treinta y me sigo
mirando el ombligo y
la oscuridad me sigue
dando miedo.
 
Los últimos quince corriendo deprisa
sin mucha cabeza
saltando de abismo en abismo
sobre tiburones y bosques de tierra
sobre manantiales, tambores de guerra
tratando de sentir
lo que fuera,
cualquier cosa.
 
Sigo siendo la misma, y no.
Ahora estoy haciendo cosas
que parecen importantes
aunque a ratos solo quiera
beber cerveza y volver
al útero de mamá.
 
Tengo fe en mí
por primera vez,
aunque muchas voces
tanto mías como ajenas
se empeñen en hacerme sentir
pequeña y culpable;
impostora y a veces hasta
malagente, fitetú.
 
Pero contra toda ansiedad,
tengo fe en mí,
gracias a todas las voces 
tanto mías como ajenas.
que me dicen
que lo conseguiré.
 
Por suerte
la muerte nunca fue
la fuente de la que bebí,
aunque bailamos
muchísimas veces.